Todo parece indicar que el 1 de enero del próximo año entrará en vigor el Tratado de Lisboa. Un tratado firmado en la capital lusa el 12 de diciembre de 2007 y que ahora pasa por la ratificación en los estados miembros de la Unión Europea. Un tratado que modifica la fracasada Constitución Europea. Un tratado que tiene muchos retos pendientes, entre ellos hacer de Europa una gran potencia mundial. Y para ello es necesario que la Unión Europea sea un actor importante en la seguridad mundial. Primero de todo y desde un punto de vista de realpolitik, hay que tener presente que una nación que influye en el exterior tiene una serie de ventajas políticas, independientemente de si es ético o no interferir o enviar soldados en cuestiones extranjeras. Por ejemplo, los Estados Unidos intervienen frecuentemente en cuestiones de seguridad mundial, ya sea amparados por la OTAN (donde la mayor parte de soldados son estadounidenses) o sin ella, y esto les proporciona grandes ventajas políticas en sedes como la ONU o, simplemente, en términos de control de territorio extranjero o “ayudas” económicas a cambio de su apoyo militar.
Acciones consideradas de seguridad mundial de los EEUU hay muchas, como la guerra de Irak. Guerra en la que luchando contra Saddam por “la seguridad y la democracia” les ha permitido situar a sus soldados en una zona estratégica del Medio Oriente, cerca de Israel, Europa e Irán. O si miramos hacia el Pacífico, donde el financiamiento y la protección de la isla de Taiwan les consiente tener un territorio “avanzado” cerca de un país emergente y potencialmente peligroso como la China. Incluso si retrocedemos más en el tiempo, otro ejemplo es la instalación de bases militares en Europa. Bases militares que siguen todavía hoy, acabada la guerra fría. Éstas son muy importantes estratégicamente y vinculan a Europa a una alianza más o menos forzada con Estados Unidos. ¿Qué pasaría ante un conflicto hipotético entre EEUU y la Unión Europea?
Actualmente y desde el final de la guerra fría los EEUU se han presentado como la única fuerza de decisión posible en el ámbito de seguridad mundial y estas acciones, tan sólo algunas piezas de un gran puzzle, no hubieran sido posibles, o no tan fáciles, ante una Europa unida. Si la Unión Europa hubiera tenido una política exterior común habría podido orientar e influenciar en muchas decisiones: difícilmente los EEUU hubieran atacado Irak en caso de negación europea porque se hubiera visto como una invasión y no como una coalición de paz internacional compuesta por más de un país, y quizás la cuestión de Kosovo hubiera podido resolverse con la diplomacia en vez de con una decisión unilateral basada de hecho en el sí de los EEUU.
Con esto no estamos diciendo que la estrategia de seguridad mundial de la Unión Europea debe ser como la de EEUU, sino todo lo contrario. La UE debe presentar un modelo alternativo al de EEUU. Pero también al de China y Rusia. Europa debe cumplir y desarrollar lo establecido en la Estrategia Europea de Seguridad de diciembre de 2003. Debe colaborar a estabilizar y ayudar al crecimiento del entorno internacional con la convergencia del poder blando y duro.
Además de las ventajas políticas, un papel determinante e influyente de la UE en la seguridad mundial comportaría (siempre desde la óptica de realpolitik) notables ventajas económicas. Por una parte, habría ventajas directas como la posibilidad de que las compañías europeas explotaran los recursos naturales de países extranjeros. Tal y como sostiene Phyllis Bennis la guerra de Irak ha permitido a las compañías estadounidenses un acceso privilegiado a las reservas petrolíferas del país, territorio que posee las segundas reservas más grandes de todo el mundo. Esto significa abastecimiento de petróleo para EEUU y más poder para las empresas petrolíferas norteamericanas, empresas que se hacen más fuertes en el mercado y que pueden competir directamente con Arabia Saudí e incluso con la OPEC entera.
Por otra parte, están las ventajas económicas indirectas. Si la Unión Europea invierte en seguridad mundial (estudios, investigaciones, gastos militares, preparación de civiles...) levanta la economía interna, creándose un circulo virtual: más inversión del “Estado”, más actividad en las empresas, más ocupación y más consumo. En definitiva, ser un actor en la seguridad mundial te permite realizar una política económica expansiva. Pero además, tener un rol importante y reconocido puede llevar más fácilmente a acuerdos comerciales y puede permitir a las empresas europeas utilizar las mejores condiciones económicas de estos mercados (mano de obra más barata, legislaciones más permisivas...), abaratando costes y siendo así más competitivas. Al mismo tiempo, estas empresas tendrían más mercados en los que vender.
Además de las ventajas políticas y económicas a corto plazo, habría también consecuencias positivas a largo plazo. La UE podría contrarrestar el poder de los nuevos actores emergentes, en vez de tener que alinearse forzosamente con uno a cambio de precios tan altos como la instalación de bases militares. De hecho, ante el tablero internacional que se va configurando, con los países emergentes como China e India como potencias mundiales y la creciente fuerza de Rusia, se necesita una Europa como un único estado, fuerte económicamente y considerada una potencia en el ámbito mundial, y no un conjunto de pequeños países con economías en declive que podrían considerarse fáciles de conquistar.
Todas estas ventajas serían posibles si la UE actual consiguiera ser una gran potencia y un actor capaz de intervenir en la seguridad mundial. Y esto sólo es posible si se consigue unir el poder fragmentado haciendo un espacio político-económico uniforme en el interior: un espacio en el que exista un poder hegemónico legitimado. Pero además del poder es necesario crear una conciencia europea y mayor implicación en el ámbito civil y militar. La UE debe ser capaz de movilizar tropas, de tener su propio ejército y no de depender de las decisiones tomadas por la OTAN. No se pretende construir una Europa imperialista, pero no se puede pretender competir como una gran potencia prescindiendo del poder duro.
Así pues, tener una política exterior común e intervenir en el ámbito de seguridad mundial sería un primer, pero decisivo, paso hacia una gran potencia europea, en vez de un conjunto de estados desunidos, con intereses y políticas diversas y por tanto débil. La Unión hace la fuerza y el camino que tendrá que seguir Europa, si quiere llegar a aprovechar todo su potencial, es el de aceptar su responsabilidad ante el mundo y actuar en consecuencia. CFS
Acciones consideradas de seguridad mundial de los EEUU hay muchas, como la guerra de Irak. Guerra en la que luchando contra Saddam por “la seguridad y la democracia” les ha permitido situar a sus soldados en una zona estratégica del Medio Oriente, cerca de Israel, Europa e Irán. O si miramos hacia el Pacífico, donde el financiamiento y la protección de la isla de Taiwan les consiente tener un territorio “avanzado” cerca de un país emergente y potencialmente peligroso como la China. Incluso si retrocedemos más en el tiempo, otro ejemplo es la instalación de bases militares en Europa. Bases militares que siguen todavía hoy, acabada la guerra fría. Éstas son muy importantes estratégicamente y vinculan a Europa a una alianza más o menos forzada con Estados Unidos. ¿Qué pasaría ante un conflicto hipotético entre EEUU y la Unión Europea?
Actualmente y desde el final de la guerra fría los EEUU se han presentado como la única fuerza de decisión posible en el ámbito de seguridad mundial y estas acciones, tan sólo algunas piezas de un gran puzzle, no hubieran sido posibles, o no tan fáciles, ante una Europa unida. Si la Unión Europa hubiera tenido una política exterior común habría podido orientar e influenciar en muchas decisiones: difícilmente los EEUU hubieran atacado Irak en caso de negación europea porque se hubiera visto como una invasión y no como una coalición de paz internacional compuesta por más de un país, y quizás la cuestión de Kosovo hubiera podido resolverse con la diplomacia en vez de con una decisión unilateral basada de hecho en el sí de los EEUU.
Con esto no estamos diciendo que la estrategia de seguridad mundial de la Unión Europea debe ser como la de EEUU, sino todo lo contrario. La UE debe presentar un modelo alternativo al de EEUU. Pero también al de China y Rusia. Europa debe cumplir y desarrollar lo establecido en la Estrategia Europea de Seguridad de diciembre de 2003. Debe colaborar a estabilizar y ayudar al crecimiento del entorno internacional con la convergencia del poder blando y duro.
Además de las ventajas políticas, un papel determinante e influyente de la UE en la seguridad mundial comportaría (siempre desde la óptica de realpolitik) notables ventajas económicas. Por una parte, habría ventajas directas como la posibilidad de que las compañías europeas explotaran los recursos naturales de países extranjeros. Tal y como sostiene Phyllis Bennis la guerra de Irak ha permitido a las compañías estadounidenses un acceso privilegiado a las reservas petrolíferas del país, territorio que posee las segundas reservas más grandes de todo el mundo. Esto significa abastecimiento de petróleo para EEUU y más poder para las empresas petrolíferas norteamericanas, empresas que se hacen más fuertes en el mercado y que pueden competir directamente con Arabia Saudí e incluso con la OPEC entera.
Por otra parte, están las ventajas económicas indirectas. Si la Unión Europea invierte en seguridad mundial (estudios, investigaciones, gastos militares, preparación de civiles...) levanta la economía interna, creándose un circulo virtual: más inversión del “Estado”, más actividad en las empresas, más ocupación y más consumo. En definitiva, ser un actor en la seguridad mundial te permite realizar una política económica expansiva. Pero además, tener un rol importante y reconocido puede llevar más fácilmente a acuerdos comerciales y puede permitir a las empresas europeas utilizar las mejores condiciones económicas de estos mercados (mano de obra más barata, legislaciones más permisivas...), abaratando costes y siendo así más competitivas. Al mismo tiempo, estas empresas tendrían más mercados en los que vender.
Además de las ventajas políticas y económicas a corto plazo, habría también consecuencias positivas a largo plazo. La UE podría contrarrestar el poder de los nuevos actores emergentes, en vez de tener que alinearse forzosamente con uno a cambio de precios tan altos como la instalación de bases militares. De hecho, ante el tablero internacional que se va configurando, con los países emergentes como China e India como potencias mundiales y la creciente fuerza de Rusia, se necesita una Europa como un único estado, fuerte económicamente y considerada una potencia en el ámbito mundial, y no un conjunto de pequeños países con economías en declive que podrían considerarse fáciles de conquistar.
Todas estas ventajas serían posibles si la UE actual consiguiera ser una gran potencia y un actor capaz de intervenir en la seguridad mundial. Y esto sólo es posible si se consigue unir el poder fragmentado haciendo un espacio político-económico uniforme en el interior: un espacio en el que exista un poder hegemónico legitimado. Pero además del poder es necesario crear una conciencia europea y mayor implicación en el ámbito civil y militar. La UE debe ser capaz de movilizar tropas, de tener su propio ejército y no de depender de las decisiones tomadas por la OTAN. No se pretende construir una Europa imperialista, pero no se puede pretender competir como una gran potencia prescindiendo del poder duro.
Así pues, tener una política exterior común e intervenir en el ámbito de seguridad mundial sería un primer, pero decisivo, paso hacia una gran potencia europea, en vez de un conjunto de estados desunidos, con intereses y políticas diversas y por tanto débil. La Unión hace la fuerza y el camino que tendrá que seguir Europa, si quiere llegar a aprovechar todo su potencial, es el de aceptar su responsabilidad ante el mundo y actuar en consecuencia. CFS









