13.6.07

Meterme donde no me llaman (La cuestión kosovar II)

Durante los años noventa, las guerras arrasaron la antigua Yugoslavia (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Hercegovina), pero pareció que con los Tratados de Dayton (1995) se daría carpetazo al asunto de los Balcanes. Al menos eso pensaron los países occidentales, después de meter debajo de la alfombra el asunto kosovar, asqueados con cómo había acabado el conflicto de Bosnia (recordemos Srbrenica). Pero no fue así. Al año, los albaneses comenzaron a impacientarse. En 1996, el UÇK (Ushtria Çlirimtare e Kosovës, Ejército de Liberación de Kosovo) inició sus atentados contra serbios y colaboracionistas albaneses. Estaban mal armados y, en un principio, no constituían una amenaza para Belgrado, hasta que en 1997 el estado albanés se colapsó, la población asaltó los arsenales, y un número indeterminado de armas (a buen precio) pasó a manos del UÇK.

Con esas armas, el UÇK emprendió una estrategia de liberación de zonas donde imponer su administración, al estilo de las guerrillas latinoamericanas. Así que en 1997 el problema kosovar volvía a salir de debajo de la alfombra, y la guerra saltaba a las primeras páginas de la prensa internacional. Al calor de la escalada del conflicto (sólo en Drenica había habido ya 80 muertos) Estados Unidos decidió intervenir y le dio un ultimátum a Milosevic (entonces presidente de Yugoslavia, que ya sólo contenía a Serbia y a Montenegro): o aceptaba un alto el fuego o la OTAN bombardearía Serbia. Slobo accedió, pero el conflicto se mantuvo, hasta tocar techo a principios de 1999 con la matanza de Racak (cuestión muy turbia y que contó con algún tipo de intervención de un personaje que había enviado armas de contrabando a la Contra nicaragüense). Racak fue el punto de inflexión. La frase más repetida fue el “tenemos que hacer algo”; y se hizo. Entre febrero y marzo se celebraron dos rondas de negociaciones con la participación de serbios, kosovares, Estados Unidos, y los países europeos (Francia, Alemania, Gran Bretaña, etc.).

Como era de esperar las negociaciones no llegaron a ninguna parte, ya que hay que reconocer que el acuerdo que los norteamericanos querían imponer a Serbia, era francamente inaceptable. Al fin y al cabo, la OTAN ya había pasado de considerar amigo, a Milosevic, a considerarlo un enemigo. Y es que los garantes de la paz Tudjman (presidente de Croacia) y Milosevic, habían sido muy útiles en Dayton, pero con la muy probable muerte de Tudjman, Slobo perdía todo su valor. Además, la OTAN necesitaba la intervención para darle un sentido a su existencia (Rusia ya no era enemiga, así que, ¿para qué servía ya la Alianza y sus presupuestos millonarios?). Por otro lado, no hay que olvidar que también fue una demostración de fuerza de Estados Unidos en la posguerra fría.

Por lo tanto, la OTAN intervino, marginando a la UE y a la ONU. Pero, como era de esperar, fue peor el remedio que la enfermedad. Si la OTAN había justificado los bombardeos con que así frenarían la limpieza étnica que estaban llevando a cabo los serbios, la realidad fue que la limpieza se aceleró. Además, se intentó mostrar una guerra limpia, con armas inteligentes (¿a qué les suena esto?), pero la OTAN misma reconoce que asesinó a 200 civiles (500 según otras fuentes). El total de muertos albaneses se calcula en unos 10.000. Finalmente, Belgrado firmó un acuerdo en junio de 1999 y Kosovo pasó a ser un protectorado de la ONU y la OTAN.

Pero ni siquiera esto solucionó el problema kosovar (pesadísimo para las potencias occidentales). En 2004 hubo un nuevo brote de violencia, pero esta vez de los albanokosovares contra los serbios. Es decir, todo seguía igual, y eso que Milosevic (o el diablo, según occidente) ya hacía tiempo que había desaparecido de escena.

Así que ahora, que nos hablen de la buena voluntad de los norteamericanos y de sus ansias de independencia para Kosovo. Que Bush vuelva a Tirana (que vuelva a ser recibido al más puro estilo de Bienvenido Mr. Marshall) y se deje otro reloj por ahí, y que parezca que es el amigo de los albaneses. Y que los albaneses, encima, se lo crean (¿qué habría pasado si hubiese visitado Kosovo?). Por favor, ¿a quién pretende engañar el presidente Bush? ¿A quién beneficia todo esto?

Meterme donde no me llaman (La cuestión kosovar I)

Ayer por la noche descubrí en (el dios) YouTube un vídeo de la reciente visita de George Bush a Albania. Exactamente, el presidente norteamericano se paseó por Tirana durante siete horas, después de haber estado en la cumbre del G-8 en Heiligendamm (la misma en la cual Sarkozy se mostró más que contento después de su entrevista con Putin). Durante los tres días de la cumbre, Bush y Putin tuvieron algún que otro encontronazo, rápidamente aprovechado por los medios de comunicación para desatar el filón “Guerra Fría”. Realmente, no hay nada de cierto en esto. Ni siquiera creo que las declaraciones de Bush durante su gira por Italia, Albania, Polonia, etc. que ha seguido a la cumbre del G-8 lleven a un enfrentamiento diplomático real. Evidentemente, las famosas declaraciones son las de la demanda de la independencia para Kosovo. Sí, Bush pasó por Albania como si fuera una estrella (con baño de multitudes incluido) y no se le ocurrió otra cosa que pedir que Kosovo sea libre. El por qué, es una cuestión que se me escapa (ojalá pueda saberlo pronto), pero considerando que Rusia está totalmente en contra de otorgarle la independencia a esta región, puedo hacer alguna especulación más o menos fundada. Es decir, o Bush está haciendo una demostración de fuerza, para que todos veamos que aún es una potencia (a pesar del “chasco” de Irak); o lo único que pretende es molestar a Rusia (y el por qué sería más difícil de analizar). O podríamos aceptar que es un precioso acto de buena voluntad para con los albaneses de Kosovo. No, no se rían. Este mismo argumento de bondad funcionó en 1999. ¿Y si funcionó con la opinión pública de entonces, por qué no ahora? Vayamos por partes. La cuestión de Kosovo es demasiado complicada para una entrada de blog, pero intentaré resumir.

Kosovo es una provincia muy pobre de Serbia, bajo protectorado de la ONU y de la OTAN. La región está ocupada por un 90% de albaneses y un 10% de serbios, aunque en 1997, cuando en parte comenzó todo, los porcentajes eran de 80% y 20%.

Se podría decir que en Kosovo ha habido problemas con la soberanía desde que el Imperio Turco se derrumbó, pero quizás sería remontarse demasiado. Probablemente, uno de los orígenes del problema actual (y repito, uno) surgiese en 1974, cuando Tito (el poderosísimo dirigente comunista de la República Federal Yugoslava) otorgó a la provincia una autonomía muy amplia. Esta autonomía entró en conflicto con el nacionalismo serbio, que tuvo su gran boom cuando el régimen comunista se desmoronó. Milosevic fue el gran personificador de este nacionalismo agresivo, aunque realmente Slobo no era nacionalista, sino que utilizó las ideologías como forma de escalar. En cualquier caso, se acabó anulando la autonomía de Kosovo y la represión se convirtió (sino lo era ya) en el pan de cada día de los albaneses. Estos, liderados por el (según dicen) poco imaginativo Ibrahim Rugova, intentaron utilizar una estrategia de no violencia ante los abusos serbios, para poder atraer así las miradas occidentales, y forzar una intervención (y también para obtener beneficios de algunos asuntos sucios relacionados con el contrabando). Como veremos, buscar a las potencias fue su peor error.