24.12.06

Capítulo II

¡Un poco más y empezamos el día con una ducha de agua fria! Menos mal que la irlandesa nos avisó de que las duchas de agua caliente estaban en el piso de abajo -esto después de deshacer con su sonrisa el miedo que yo le tenía a causa de la primera frase que nos dirigió al llegar al hostal: "Can you tell me WHAT TIME IS IT?!"-.
El famoso desayuno continental no fue tan grande como su nombre indica. Bueno, podías comer todos los crispis que quisieras... pero al segundo día opté por los "cruasanes" de emergencia que traíamos de casa.
Ponemos los pies en las calles de Londres ¡de día! No hay nada que nos haga olvidar dónde estamos (excepto que se oye más español que ingés en las calles, es lo que tiene la Purísima): los taxis, los parquímetros, nuestras queridas cabinas y sobre todo esa sensación de pánico-euforia que se te dispara cuando cruzas la calle y no sabes para donde mirar. Claro que los ingleses, que lo tienen todo pensado, tienen indicaciones en el suelo "Look right", "Look left", cosa que, seguro, nos ha ahorrado un disgusto. Los semáfotos, por cierto, están de adorno -son muy monos, dicen "WAIT", pero allí no hay que wait nada, la gente cruza cuando quiere y los coches también, respetándose mutuamente, por supuesto.
Por cierto, ¿cuál es el primer monumento que vimos en Londres?

Mafalda

21.12.06

I Capítulo

London

Un viaje para el recuerdo

Después de una larga espera llegó el corto viaje. El 7 de Diciembre a las 17.45 mi gran amiga, la maleta, empezó a tomar el protagonismo de la tarde-noche-madrugada. El trayecto de cinco minutos desde mi casa hasta los ferrocarriles se hizo insufrible y mi pobre brazo derecho (debilucho por naturaleza) aguantó como pudo. El abrigo, la mochila, el bolso... todo me molestaba. Conseguí llegar al ascensor del metro... y bajar sin que se estropeara (la máquina sí que se estropeó). En la estación me esperaba LBS, otra esquina (aunque esta vez no estaba en la esquina), y juntas fuimos en busca de Paloma Domínguez. Después de subir a pie y con mi amiga a cuestas, puesto que la magnifica parada de Sant Josep (Hospitalet de Llobregat) no tiene ascensor, nos encontramos con un hombre en la calle al lado de un container verde que vociferaba. Entre el cansancio y la oscuridad de la noche no pudimos ver que este hombre no era otro que Santiago! El famoso Santiago delante nuestro y nosotras sin darnos cuenta. Amablemente, Santiago nos condujo hacía el coche. En ese momento encontramos a nuestra tercera esquina! Y con ella y sus padres partimos hacía el aeropuerto.
Nada más entrar, hayamos por pura casualidad el mostrador de esa GRAN compañía en la que depositaríamos nuestras confianzas. Pero... no podíamos irnos sin nuestra cuarta esquina! Ella, ya estaba allí... con su madre y Pepe. La hora se iba acercando... máquinas de agua timadoras... despedidas y... listas para embarcar!! Ops! Una hora de retraso, que se convirtió en una hora y media... en la que pudimos comer y bajar a la planta inferior dónde se amontonaban cientos (quizá exagero pero a mi me parecieron muchos) de inmigrantes (o/y turistas) africanos (supongo) que esperaban los autobuses que les llevarían a los aviones. El caso es que a medida que bajaba las escaleras, las imágenes que tantas veces se emiten por los telenoticias mostrando a miles de inmigrantes llegando a las costas españolas en cayucos o internados en los centros de acogida se me vinieron a la mente. Y se me puso el vello de punta. ¿Es casualidad que todos esos vuelos salgan desde esa zona apartada y aislada del resto?
Conseguimos entrar en el avión, después de que a pesar de ser las primeras en la cola, se nos colara la mitad de la cola. Es lo que tiene ser el grupo B. Listas para el despegue! Y sin entender nada... ¿para que van a saber las azafatas castellano si ya saben inglés? Para naaaaadaaaa... Y allí que nos íbamos. Realmente, me impresionaron
l@s azafat@s y sus uniformes... Una cosa es que sea una compañía de bajo coste y otra cosa es que tengan mal gusto.
Y... ¡por fin! ¡Llegamos a Londres! Bueno, a Londres no. Londres todavía quedaba lejos. Estabamos en Stansted. Primer shock... judíos ortodoxos. Si, quizás me sorprendo demasiado rápido; pero ver ciertas cosas que solo he visto por televisión pues me choca. Me choca al mismo tiempo que me gusta. Y ahorrándome detalles... llegamos al albergue! Ups... me olvido una parte importante. En el aeropuerto, después de correr... ¡con la maleta! cogimos un autocar que nos llevó a Victoria Station. Al llegar allí, decidimos hacer una visita turística nocturna por la zona en la que nos íbamos a hospedar. Así, que empezamos a dar vueltas... por abajo, por arriba... vimos banderas españolas, hablamos con taxistas, basureros... hasta que una vez que habíamos saciado nuestra curiosidad y explorado los alrededores, cogimos un taxi que nos llevó a nuestro albergue, en el que nos esperaba una fiesta con caída de cerveza por el balcón incorporada. Sintetizando, que nos perdimos y que no nos golpearon con una cerveza en la cabeza de milagro.
Oh My God! El albergue... dormir... nuestra habitación en la última y cuarta planta. Subimos a pie (no había ascensor) con las maletas a cuestas! Gracias a mis amigas logré alcanzar la cima. Y una vez allí... tachán! Una irlandesa en nuestra habitación!! .... logramos meternos a tientas y dormir...
Al cabo de tres horas, sonó el despertador. Las 8.00 de la mañana. Nos esperaba un día duro, y a pesar del sueño, nos levantamos con más ganas que nunca. CFS

17.12.06

Sé tu mismo


Sé tú mismo
Autor: Toni Soler (historiador y periodista)
Publicado en La Vanguardia, Sábado, 16 de Octubre de 2004

El otro día vi en un programa de televisión que un famoso piropeaba a otro pidiéndole con gravedad: "¡No cambies nunca!". Es una expresión cursi y afectada, sacada de las películas —como todo lo cursi y todo lo afectado—, pero que empieza a extenderse en nuestro mundo como si fuera un virus de transmisión oral. Me dirán que es algo inocuo, una moda; pero en el fondo encierra un concepto ético, una visión de lo que debe ser el comportamiento social: El modelo de las personas inmutables.
Los que dicen "no cambies nunca" suelen ser los mismos que dicen "sé tú mismo", como pequeños filósofos de la calle. No se refieren sólo a la autenticidad, que es, en efecto, una virtud rara y envidiable. Invocan también una serie de cualidades inciertas, de doble filo, como la tenacidad, la coherencia y los principios sólidos. De hecho, al final, no son más que defectos camuflados: la cabezonería, la intransigencia y la soberbia.
Ser uno mismo indica autoestima y coherencia, valores necesarios. Sin embargo, ¿quién está tan pagado de sí mismo como para no querer cambiar nunca? Hay miles de motivos para cambiar. Se puede cambiar por las circunstancias, por la edad, por la desgracia, por el aprendizaje, por el contacto con la gente. Cada cambio es una manera de convivir —y quizá, siendo optimistas, de mejorar. Es un modo de ser uno mismo, porque uno mismo no es una piedra, sino un ser vivo, sensible y racional.
Quien se limita a vivir sin cambiar, quien se agarra a su personal visión de las cosas, o vive muy poquito o lo hace parapeteado detrás de su prepotencia, su miedo a equivocarse, o su desprecio hacia las verdades ajenas.
Esta muy bien tener convicciones y defenderlas, no ser una veleta o un caradura como los personajes que encarnaba Groucho Marx, quien dijo una vez: "Éstos son mis principios; si no le gustan, tengo otros". Pero, en general, la gente que no cambia nunca de actitud (excluyo a los genios y a los santos) lo hace por miedo o por pereza, para no tener que pensar. Es lo más cómodo. Y encima, la moral dominante ensalza la tozudez y desprecia los cambios como síntomas de debilidad o frivolidad.
"Yo soy así", se suele afirmar, como diciendo: "Os toca a vosotros, mentes débiles, adaptaros a mi poderosa manera de ser". Los cambios son vistos como la aceptación de un defecto o un error (cometer un error, ¡qué tragedia!) y sólo se asumen en casos extremos y desesperados. Un ejemplo: cuando a alguien le abandona su pareja, en un último intento de recuperarla suele proclamar: "¡Cambiaré!". Es el último cartucho, uno humillación en toda regla. Y no debería serlo. Yo les digo hoy, sin remilgos ni estridencias: "Cambiaré". Cambiaré seguro, porque creo que en la vida hay que cambiar a menudo, y también intentar ser un poco mejor a cada cambio, lo cual es bastante más difícil.
Frente al sé tú mismo, mejor el socrático conócete a mi mismo. Hay que conocerse para saber en qué vamos bien y en qué necesitamos cambiar. No opinan así ciertos neofamosos televisivos, tan jóvenes como atrevidos, que cuando reciben alguna crítica, responden, con toda solemnidad: "He sido yo mismo". Y se quedan tan anchos. Es decir, mejor un error propio que un acierto importado. Sin defectos, es estupendo ser uno mismo; pero ¿qué pasa cuando uno es un imbécil?