27.3.07

El lado terrible de lo bello

Si hay algo que impresiona a la gente es la extrema belleza. Y junto a ella la extrema fealdad. Sería interesante saber qué es lo que recuerdan más las personas, aunque yo creo que los recuerdos más vivos suelen ser aquellos que nos han producido miedo, o algún tipo de tristeza o dolor. Probablemente me equivoque (todos los padres recuerdan a su bebé recién nacido, aunque ahora esté algo más crecidito), pero en la exposición “La música i el Tercer Reich. De Bayreuth a Terezin” se puede comprobar cómo impacta la oscuridad, la desgracia, la fealdad.
El óleo de George Grosz Caín o Hitler en el infierno es una de esas imágenes que se graban en la memoria de uno. Por sí mismo este cuadro es terrible, y no sólo por el destino de Hitler, ese infierno llameante de soledad eterna, sino por los miles de huesos que están a sus pies. Los esqueletos de todos aquellos que murieron sin que nadie se tomase una verdadera molestia por ellos. Es decir, ni siquiera tenían el dudoso privilegio romántico de conocer al enemigo, porque Hitler sólo pensaba en esos esqueletos como ceniza y humo. Eran cadáveres ya en el mismo momento en que Hitler acababa de escribir Mein Kampf, y también en el momento en que las urnas (democráticas, por supuesto) daban el triunfo al futuro Führer.
Toda esa masa blanca de huesos (perfecta pincelada suelta y fina) se concreta en el único muerto más o menos individualizado, ya que este al menos tiene un recuerdo real de lo que fue: la carne. Esta persona (hombre o mujer, judío o rojo o homosexual o gitano) se aleja en una perspectiva forzada uniéndose prácticamente a la tierra del infierno. Él, el muerto anónimo, es la conciencia de Hitler, lo que le hace sudar mientras ve el cadáver, medio girado hacia él pero sin querer verlo.
Por sí mismo, este óleo ya provoca un escalofrío (o no, algunos dicen que nos hemos acostumbrado a la violencia en la televisión), pero uniéndolo al frío neoclasicismo del arte oficial nazi que se exhibe en la muestra, el cuadro se convierte en terrorífico. Porque ya no es sólo que se intuya que Hitler nunca llegaría a preocuparse de sus víctimas, sino que los propios artistas del régimen estaban imbuidos de este desprecio. Puede ser que alguno de estos pintores, escultores o grabadores, estuviese presionado, pero es poco probable. Sólo hay que recordar qué pasó con la Bauhaus, por ejemplo.
En cualquier caso, el óleo Niñas volviendo del campo, de Schmutzler es un contrapunto al cuadro de Grosz, que expresa mucho más del régimen nazi que los artículos históricos que podamos leer de él. La obra de Scmutzler es una de esas que gusta al público en general: sombras muy matizadas y prácticamente inexistentes, luminosidad, tonos pastel, “alegría” en el tema e idealización del mismo. Es decir, neoclasicismo y algo de romanticismo alemán. Y aquí encontramos uno de los sitios por donde hace aguas: estos dos movimientos fueron etapas necesarias en la evolución de la pintura, pero sacadas de su tiempo no son más que la imitación de un estilo que ya había acumulado demasiado polvo. Un estilo que, a parte de gustar al público en general, también gustaba a los jerarcas nazis. Goebbels decía: “La misión del arte es ayudar a la gente y darles coraje”, y de esta forma encadenaba al artista. El pintor o el escultor no podían crear nada que no sirviese para ayudar a la gente o para reforzar su fe en el régimen nazi, o en el comunismo, o en Mao, o en la Iglesia católica,...
Como se ve Goebbels no fue el primero ni será el último. Ahora se habla de la dictadura del mercado: se debe crear lo que demanda el gran público, lo que entiende, lo que reconoce como bello. El gran público o el crítico de arte, que a veces van de la mano. Y el artista vuelve a ser lo que era: un instrumento. Al principio en manos de los grupos aristocráticos o burgueses, y ahora en manos de las masas. Algunos dirían que al menos en este caso la democracia es mayor: ya no sólo es una oligarquía la que elige lo que quiere del artista. Pero desengañémonos; el artista sigue sin ser libre. Y sólo podrá ser libre, totalmente libre, cuando no tenga que ponerle un precio a sus obras.

3 comentarios:

Domínguez dijo...

Ufff! Menudo texto largo! Jejejeje! Que conste que este es el artículo sin cortes, sin censura. Se acepta la lectura en diagonal. ;)

Mafalda dijo...

¿Y dices que la reflexión sobre la presión del poder sobre el artista te salió ajustada? A mi me parece que está muy bien y que hace redondo el texto. Me gusta!

4 esquinas dijo...

Me ha encantado... Me hubiera gustado ver la exposición... CFS

Psd: Cuanto tiempo sin escribir articulos!! Dura vida la mía...