Una voz cantada al oído baila con un violín. Se enredan, como el aire con el fuego. Tanto, que en las notas más agudas es imposible separarlos. El violín te trae en bandeja dulces de té arabesco, y la voz humana te invita a cerrar los ojos y sentir en la piel la caricia del aire que sale de los labios de esa mujer. Ese aire sensual, atrevidamente inocente. Elisa… un semitono misterioso ¿Elisa o lieson? En cada canción, un invitado especial: una pandereta, un lamento masculino, un ritmo de vals,… Las melodías que nos ofrece Jane Birkin en este concierto, por lo general, nacen con un bajo continuo y una melodía azul (¿tendrá que ver el color de la pantalla de la sala en que escuché el concierto?), luego empiezan a crecer, caminan a ritmo de timbal, combinando los trotes de juventud con los latidos de un corazón que va ganando experiencia a lo largo de su vida. Luego se van muriendo (bueno, todo se está muriendo desde el momento en el que nace) con el recuerdo de su infancia en los labios: desaparece la percusión, vuelve el bajo continuo, y cierra los ojos de golpe o se desvanece, se marcha sin hacer ruido.
Birkin se contonea tanto en el escenario musical como en la pantalla, y en ambos campos ha sacado partido de su atractivo para hipnotizar al observador, pues es de aquellas personas seductoras hasta en la forma de respirar. Hasta en la parte de su cuerpo exhibida sin reparo en la portada del disco Intégral Olympia: unos labios entreabiertos por los que se asoma el abismo entre las paletas de la cantante.
En un momento del concierto recita un poema, y en esta interpretación su voz me parece monótona. Aunque en realidad se mueva entre dos tonos y no uno. Un tono que mantiene a lo largo del verso y que cae sobre el segundo, que marca el final de la frase. Nada que ver con la gama de colores con que su voz se desliza por los oídos, como una pincelada húmeda y larga de bermellón seguida por un una punzada breve y espesa de verdemar, tan breve como las que adornan la ropa de Las mujeres de Argel, de Delacroix. Tanta variedad de color como en La virgen de Klimt.
Una de las canciones rompe con el resto. No es por un detalle invitado sino por ser una intrusa (toda ella) que pronto pasa de pillarte por sorpresa a convertirse en el alma de la fiesta. Como no sé francés, solo retuve una palabra de la letra, la que se repetía en el estribillo y cerraba la canción con un susurro: café. Cuando, horas más tarde, supe el nombre de la canción (Couleur café), el recuerdo de lo que sentí al escucharla se hizo más intenso, más estimulante… una canción con nombre de piel morena.
26.4.07
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
6 comentarios:
Es todo mentira... jajajaja. Me resulta tonta esta mujer.
Es más, este texto es una porquería, me aburre. Lo he publicado para picar a la PDomínguez, a quien de tanto escuchar "Elisa" le ha acabado gustando.
Empecé a escuchar la canciòn (teclado made in Italia) y la quité... quizàs todo se deba a mi poca cultura musical... CFS
Pues qué bien mientes, oye...
jajajajaja!! muy bueno mafaldita... pero de aquí a El Mundo y las teorías de la conspiración un paso! jajajaja
De qué vas, Domínguez!! ¿A que no te llevo a ver lo que pone en la próxima entrada?
Publicar un comentario